Patricio Pron – La cosecha

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La cosecha.

Cuento incluido en La vida interior de las plantas de interior. Literatura Random House, Barcelona, 2013.

1

Lost John lee el informe de la clínica y descubre que tiene sida. No es más que un control rutinario, de los que las productoras de vídeos pornográficos exigen regularmente a sus empleados, pero su resultado no es el que debía ser. Lost John se queda mirando el papel que sostiene en la mano. Está de pie en la cocina en calzoncillos y la cabeza le da vueltas, así que se apoya en la barra un momento y coge aire. Luego se viste lentamente, mete algo de ropa en una maleta y llama a un taxi. Mientras espera que llegue el taxi, hojea una revista en la que aparece follando a Alyssa Soul. Al dar vuelta la página, ve a Alyssa Soul con la cara cubierta de su semen y sabe que esa es la última vez que aparecerá en una revista, probablemente la última vez que folle a una tía delante de una cámara, y siente alivio y nostalgia. Se dice que su polla no parece realmente empinada, que se nota demasiado el gel lubricante alrededor del ano de Alyssa, se pregunta cómo pudieron escapársele esos detalles al fotógrafo, al director y a la asistente, que estaban en el plató cuando se filmó la escena a la que pertenecen esas fotografías, una semana atrás. Luego recuerda la conversación que tuvo después con Alyssa, en las duchas, cuando descubrieron que los dos habían tenido una infancia errante, siempre detrás de padres militares que saltaban periódicamente de un cuartel a otro, todos iguales pero en sitios tan diferentes como Texas o Minnesota o California. Bueno, el padre de Alyssa había muerto en la primera Guerra del Golfo y el de Lost John también, y a ambos los sorprendieron estas coincidencias y, sobre todo, el haber accedido a esa conversación en un ambiente en el que no es habitual contar intimidades excepto que sean ficticias. Alyssa le había dado su teléfono pero Lost John lo había echado a una papelera al salir de la productora. No quería nada que fuera muy personal. Llaman al teléfono para decirle que su taxi lo espera fuera, y Lost John dice gracias y cuelga suavemente el aparato y después camina hasta la puerta.

2

Unas horas después, su agente abre la misma carta de la misma clínica médica y lee el mismo diagnóstico. Su agente es un ex actor pornográfico llamado Bob Powers –aunque, a sabiendas de sus recursos, algunos lo llaman «God Powers»– que abandonó el negocio demasiado tarde, cosa que prueban algunas cintas de finales de la década de 1980 que él hizo retirar del mercado tan pronto como pudo. En los últimos tiempos ha cambiado de esposa por tercera o cuarta vez y lleva un flequillo y unas gafas que recuerdan a las del actor que es su responsable en la Cienciología, en la que se ha inscrito para evadir impuestos. Que la clínica médica le envíe el diagnóstico de uno de sus representados es lo habitual, puesto que es él el que luego debe distribuirla entre los productores interesados en contratar a Lost John; lo que no es habitual es el diagnóstico. Bob Powers sabe que a partir de ese momento ha perdido una de sus principales fuentes de ingresos y piensa que debe reemplazarlo de inmediato, quizá con Adam «Long» Oria, el actor latino que se parece un poco a Lost John en sus comienzos. Llama al móvil de Lost John pero sólo le responde la contestadora automática. Más tarde cogerá el automóvil e irá a su casa. En la puerta encontrará aparcado su coche y en la casa –desde que fueron amantes por un breve período, seis años atrás, Bob tiene una llave de la casa de Lost John– hallará su cartera, el móvil y las llaves de su coche. Mientras esté revisando los cajones en busca de algún indicio de adónde pudo haber huido su representado, alguien tocará el timbre. Bob Powers se quedará quieto, preguntándose si tiene que abrir o no la puerta, aterrado. Decidirá que no y se sentará un rato a esperar que el que ha tocado se marche; se servirá un vaso de agua pero no beberá nada. Un rato después saldrá con precaución a la calle y se encontrará al empleado de correos, de pie sobre el césped verde de la entrada, que le preguntará por Lost John. Más atrás, la vecina de enfrente husmeará en dirección a la casa. Mierda, pensará Bob Powers: ahora está envuelto en la desaparición de su representado. ¿Es usted el señor John Stuart Mill?, le preguntará el cartero. Bob Powers negará con la cabeza y saldrá corriendo hacia su coche, dejando la puerta abierta.

3

Lost John se ha contagiado el diez de marzo de ese año mientras rodaba una película en Tailandia que aún no ha salido al mercado. Al regresar, el diecisiete de marzo, se hizo un test rutinario que dio resultados negativos y volvió a trabajar sin problemas. Bob Powers intenta frenar la noticia, pero ésta llega pronto a la prensa, que le dedica el espacio que se le dedican a estas cosas: una columna mínima en la sección general. Un redactor del Los Angeles Sentinel elabora con ayuda de unos productores una lista de personas que podrían haber sido infectadas por Lost John. La lista incluye una «primera generación» de actores y actrices pornográficos que han sido penetrados por Lost John sin condón o realizaron alguna escena con él desde el diecisiete de marzo. La lista incluye también una «segunda generación» de actores y actrices que han rodado escenas con alguno de los actores y actrices incluidos en la «primera generación» de contagio, y una tercera. El artículo acaba con la información de que una de las actrices de la «primera generación», la canadiense Ana Foxxx, se ha sometido ya voluntariamente a un test de sida y que el resultado es positivo, y agrega un llamamiento público a aquellas personas, profesionales de la industria pornográfica o no, que pudieran haber tenido sexo con Lost John fuera de las cámaras, y a quienes pudieran haberlo hecho con los integrantes de la primera y la segunda generación, para que se abstengan de tener relaciones sexuales a modo de precaución por lo menos por un año y que se sometan a test de sida para determinar si han sido infectados o no. Cuando el artículo sale publicado, ya es tarde para cientos de personas, pero, en cualquier caso, la lista de los posibles infectados y de su fecha de infección es la siguiente: la «primera generación» comprende a Stacie Candy, Desiree Slack, Ana Foxxx, Katie Persian, Martin Iron, «Gaucho» Cross y Alyssa Soul. La «segunda generación» se extrae de la siguiente lista: Stacie Candy ha trabajado con Diamond Maxxx, Filthy Doreen, Señorita Arroyo, Patricia Petit, Francesca Amore y Jocelyn Davies; Desiree Slack, con Kayla Doll, Ana Foxxx, Anita Redheaded, Indian Summer, Taylor Knight, Raveness Terry, Eva Lux y Charlie Mansion; Ana Foxxx, con Sin Starr, Jenny López, Mark The Shark, John Michael, Patrice Caprice, Jessica Cirius, Desiree Slack y el travestí TT Boy; Katie Persian, con Lucy Dee, Hein Commings, Alex Sanders y Thomas Sexton; Martin Iron, con «Gaucho» Cross, Brian Hardwood, Annie Cruz, Markus Großschwanz, Tony Deeds, Blackie Jackie, Tommy Strong, Val Jean y Marc Anthony; «Gaucho» Cross, con Martin Iron, Indian Summer y el travestí TT Boy; Alyssa Soul, con Johnny Gnochi, Jack Kerouass y Sandy Candie. La «tercera generación» incluye los nombres de doscientos veinticuatro actores y actrices que han trabajado con los anteriormente mencionados y puede ser ampliada con una «cuarta generación», una quinta y así sucesivamente.

4

Lost John está echado sobre la arena. Un muchachito se le acerca y le pregunta algo en portugués que él no entiende. El muchachito le dice: «Do you wanna fuck?» y le sonríe, pero Lost John se incorpora, mira el mar y le dice que no. El muchachito comienza a marcharse. Lost John mira un velero perdiéndose detrás de una ola y llama al muchachito, que vuelve a acercarse con una sonrisa. Lost John le pone en la mano un billete y, sin decir una palabra, le da la espalda y abandona la playa solo. En las calles de Brasil no llama la atención. Tiene una habitación que da al mar y es un buen sitio para pensar y llorar y tratar de averiguar qué hacer a continuación. A veces piensa en masturbarse pero no consigue que se le ponga tiesa. En ocasiones baja a la playa por la mañana, pero la mayor parte de las veces lo hace por la noche, cuando no hay nadie. Se echa al agua y luego se queda tendido sobre la arena esperando que su corazón se tranquilice. En una oportunidad –es por la mañana– está echado así sobre la arena cuando nota que a su lado se ha sentado alguien. Es una chica negra, que mira el mar. Lost John se incorpora y mira al mar él también. Ninguno dice nada y después de un rato Lost John vuelve a echarse de espaldas sobre la arena. La polla se le marca en el pantalón mojado, así que se echa una toalla encima para que no se le note, y sonríe. La chica se levanta y se va, pero vuelve al día siguiente. Le dice algo en portugués que él no entiende. Él le sonríe. Ella sonríe. Luego se levanta y se va. Esa tarde, no sabe bien por qué, Lost John le pide al conserje del hotel que le consiga un diccionario bilingüe de portugués e inglés. El muchachito asiente y se despide llamándolo por el nombre que Lost John ha dado en la recepción al registrarse y que, por supuesto, no es el suyo.

5

A la mañana siguiente llega a la playa y ella ya está tendida sobre la arena. Lleva un bikini minúsculo, que traza un ángulo recto desde la entrepierna hasta las caderas, donde queda suspendido. Lost John deja con delicadeza el diccionario a su lado y corre hacia el mar. Al salir del agua ve que ella lo está hojeando. «You, english», dice ella. «Americano», responde él. Comienzan a hablar, lentamente al principio, buscando las palabras en el diccionario, y más rápido cuando ambos pierden el interés en la gramática. Ella se quita todo el tiempo el cabello que el viento le empuja sobre el rostro. Lost John ve que tiene los dientes amarillos y eso le parece atractivo, de alguna manera. Ella hojea el diccionario un rato echada de espaldas a él y luego se da la vuelta y le pregunta: «You, want fuck?». «Não posso», responde él después de un rato. Ella le da la espalda de nuevo y Lost John piensa que la ha jodido. Se queda mirando el mar. Al rato ella se da la vuelta de nuevo y le pregunta: «You, want dance?» y Lost John sonríe y dice que sí.

6

Esa noche él se pone una camisa blanca y unos pantalones ceñidos y está esperándola en la recepción cuando ella pasa a recogerlo. Beben cerveza y aguardiente de caña y él intenta bailar una música que nunca había escuchado antes. En el fragor del baile, ella lo besa y él no aparta la boca. Ella sonríe.

7

Las salidas se repiten un par de veces más. Él nunca averigua nada de ella: no sabe cómo se llama ni dónde vive ni cuántos años tiene, aunque supone que es unos siete u ocho años menor que él, que tiene veinticuatro. Un día, el conserje del hotel le dice que, sin desear meterse en sus asuntos, quisiera pedirle que se cuidara, puesto que muchas de esas jóvenes que frecuentan a los extranjeros lo hacen con intereses económicos y delictivos, y, agrega: «La mayor parte de ellas tiene sida». Lost John lo mira perplejo, sin saber qué decir. El conserje le sonríe y le pregunta si necesita algo más y Lost John dice que nada y sale a la calle. Esa noche llama a la casa de su madre pero cuelga antes de decir una palabra.

8

«Cómo é teu nome?», le pregunta él al oído mientras recuperan el aliento. «Luizinha», le responde ella. «Eu creiba que ja o tinha dito», agrega. «Eu me chamo John», dice Lost John, y ella repite: «John» y sorbe su bebida.

9

Salen todas las noches durante un par de semanas. Cada noche van a bailar y después caminan por la playa y se echan a besarse y a mirar las estrellas. A veces, cada vez con más frecuencia, también se magrean, pero, cuando ella le coge la polla con las manos, él la aparta y se disculpa y le ofrece acompañarla a su casa. Ella siempre dice que no.

10

Él compra un par de libros divulgativos sobre el sida. No entiende bien los textos porque están en portugués, pero en uno de ellos ve una fotografía microscópica del virus batallando con una célula y la imagen le parece dolorosamente hermosa.

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Ella se prueba un vestido que él acaba de comprarle. Sonríe.

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Él comienza a masturbarse pensando en ella. A veces sale bien y a veces no, pero siempre se queda pensando en ella, diciéndose que no puede esperar el momento de volver a verla.

13

Un día, unos mormones lo abordan por la calle e intentan hablar con él sobre Dios. Él se disculpa diciendo que no habla portugués, pero uno de los misioneros es un joven de Utah y le dice: «Hello, brother». Lost John teme que lo reconozca, pero de inmediato se da cuenta de que es improbable que lo reconozca un mormón de Utah e intenta liberarse. Más allá, ella lo espera bajo una farola apagada. «I can’t. I’m sick», dice él e intenta continuar caminando, pero el mormón le aprieta un folleto en la mano y le dice: «May God forgive you for what you have done and what you will do».

14

Esa noche visitan a los padres de ella, que viven en una chabola arriba de un cerro. Los padres le sirven agua fría y tratan de interesarse por Lost John, pero John sólo ha preparado para la ocasión unas frases sueltas y al rato la conversación se termina. La madre y la hija salen al patio a recoger unas gallinas que tienen y Lost John y el padre se quedan mirando un partido de fútbol cuyas reglas él no entiende. Más tarde, al abandonar la casa, se les echan encima unos chavales. Al principio le piden algo de dinero y él niega con la cabeza y sonríe, pero luego uno de ellos saca una pistola y le dice algo que Lost John no entiende. Entonces ella reacciona y golpea al niño de la pistola y se la saca y la echa en unos pastizales. Algunos niños salen corriendo y otros van a buscar la pistola entre los pastizales y ellos dos continúan bajando el cerro seguidos solamente por dos perros negros que no tienen nada mejor que hacer. Ella le dice después de un rato que los chavales que intentaron asaltarlos eran sus hermanos.

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«Eu desejo ser tua mulher, desejo ser a mãe de teus crianças», le dice ella. «Eu não posso ter crianças, eu estou enfermo», le responde él. «Fize muitas coisas más.» «Não importa, meu amor», le contesta ella. «Eu te amo», agrega. Él se desenvuelve bien en esas conversaciones porque se pasa las tardes mirando telenovelas brasileñas en su habitación del hotel, viendo cómo el dinero desaparece y pensando en las personas a las que ha contagiado –en realidad, pensando sólo en Alyssa Soul y en su padre militar y en lo que él le ha hecho– y preguntándose qué hacer.

16

A veces ella llora cuando está junto a él y le dice que lo que teme, que lo que más teme, es que esa historia de amor no se acabe, que se interrumpa cuando él se marche, si es que algún día se marcha, y no se acabe como debería acabarse, cuando los dos mueran y con ellos muera su memoria de lo que hicieron y de lo que amaron.

17

Un día, al ponerse una chaqueta, Lost John encuentra el folleto que le dieron los mormones. Allí dice que corresponde a algunos hombres el contribuir a la perdición del mundo así como a otros les corresponde ayudar a su salvación, ya que ambos tienen su sitio y son útiles a Dios como la siembra y la cosecha. Lost John se pregunta si lo que va a hacer contribuirá a la salvación del mundo o a su perdición, y se pregunta si él es el que siembra o el que siega. Esa tarde mete sus cosas en la maleta y deja el hotel. El taxista lo lleva hasta el pie del cerro y se niega a ir más allá. Lost John le paga con lo que le queda y salta rápidamente fuera del taxi, antes de que el taxista vea que el dinero no es suficiente. Mientras sube, ve acercarse a los hermanos de Luiza. Levanta las manos cómicamente, como si todos estuvieran jugando, y les entrega la maleta: al fin y al cabo sólo tiene en ella algo de ropa. Más allá, ve que Luiza deja lo que estaba haciendo y comienza a caminar hacia él. El niño de la pistola dice algo a sus espaldas que él no puede entender y Luiza levanta una mano en dirección a ellos.

 

Patricio Pron. (Fuente)

Julio Cortázar – Apocalipsis de Solentiname

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abril de 1976

Los ticos son siempre así, más bien calladitos pero llenos de sorpresas, uno baja en San José de Costa Rica y ahí están esperándote Carmen Naranjo y Samuel Rovinski y Sergio Ramírez (que es de Nicaragua y no tico pero qué diferencia en el fondo si es lo mismo, qué diferencia en que yo sea argentino aunque por gentileza debería decir tino, y los otros nicas o ticos). Hacía uno de esos calores y para peor todo empezaba enseguida, conferencia de prensa con lo de siempre, ¿por qué no vivís en tu patria, qué pasó que Blow-Up era tan distinto de tu cuento, te parece que el escritor tiene que estar comprometido? A esta altura de las cosas ya sé que la última entrevista me la harán en las puertas del infierno y seguro que serán las mismas preguntas, y si por caso es chez San Pedro la cosa no va a cambiar, ¿a usted no le parece que allá abajo escribía demasiado hermético para el pueblo?.

Después el hotel Europa y esa ducha que corona los viajes con un largo monólogo de jabón y de silencio. Solamente que a las siete cuando ya era hora de caminar por San José y ver si era sencillo y parejito como me habían dicho, una mano se me prendió del saco y detrás estaba Ernesto Cardenal y qué abrazo, poeta, qué bueno que estuvieras ahí después del encuentro en Roma, de tantos encuentros sobre el papel a lo largo de años. Siempre me sorprende, siempre me conmueve que alguien como Ernesto venga a verme y a buscarme, vos dirás que hiervo de falsa modestia pero decilo nomás viejo, el chacal aúlla pero el ómnibus pasa, siempre seré un aficionado, alguien que desde abajo quiere tanto a algunos que un día resulta que también lo quieren, son cosas que me superan, mejor pasamos a la otra línea.

La otra línea era que Ernesto sabía que yo llegaba a Costa Rica y dale, de su isla se había venido en avión porque el pajarito que le lleva las noticias lo tenía informado de que los ticas me planeaban un viaje a Solentiname y a él le parecía irresistible la idea de venir a buscarme, con lo cual dos días después Sergio y Óscar y Ernesto y yo colmábamos la demasiado colmable capacidad de una avioneta Piper Aztec, cuyo nombre será siempre un enigma para mí pero que volaba entre hipos y borborigmos ominosos mientras el rubio piloto sintonizaba unos calipsos contrarrestantes y parecía por completo indiferente a mi noción de que el azteca nos llevaba derecho a la pirámide del sacrificio. No fue así, como puede verse, bajamos en Los Chiles y de ahí un yip igualmente tambaleante nos puso en la finca del poeta José Coronel Urteche, a quién más gente haría bien en leer y en cuya casa descansamos hablando de tantos otros amigos poetas, de Roque Dalton y de Gertrude Stein y de Carlos Martínez Rivas hasta que llegó Luis Coronel y nos fuimos para Nicaragua en su yip y en su panga de sobresaltadas velocidades. Pero antes hubo fotos de recuerdo con una cámara de esas que dejan salir ahí nomás un papelito celeste que poco a poco y maravillosamente y polaroid se va llenando de imágenes paulatinas, primero ectoplasmas inquietantes y poco a poco una nariz, un pelo crespo, la sonrisa de Ernesto con su vincha nazarena, doña María y don José recortándose contra la veranda. A todos les parecía muy normal eso porque desde luego estaban habituados a servirse de esa cámara pero yo no, a mí ver salir de la nada, del cuadradito celeste de la nada esas caras y esas sonrisas de despedida me llenaba de asombro y se los dije, me acuerdo de haberle preguntado a Óscar qué pasaría si alguna vez después de una foto de familia el papelito celeste de la nada empezara a llenarse con Napoleón a caballo, y la carcajada de don José Coronel que todo lo escuchaba como siempre, el yip, vámonos ya para el lago.

A Solentiname llegamos entrada la noche, allí esperaban Teresa y William y un poeta gringo y los otros muchachos de la comunidad; nos fuimos a dormir casi enseguida pero antes vi las pinturas en un rincón, Ernesto hablaba con su gente y sacaba de una bolsa las provisiones y regalos que traía de San José, alguien dormía en una hamaca y yo vi las pinturas en un rincón, empecé a mirarlas. No me acuerdo quién me explicó que eran trabajos de los campesinos de la zona, ésta la pintó el Vicente, ésta es de la Ramona, algunas firmadas y otras no pero todas tan hermosas, una vez más la visión primera del mundo, la mirada limpia del que describe su entorno como un canto de alabanza: vaquitas enanas en prados de amapola, la choza de azúcar de donde va saliendo la gente como hormigas, el caballo de ojos verdes contra un fondo de cañaverales, el bautismo en una iglesia que no cree en la perspectiva y se trepa o se cae sobre sí misma, el lago con botecitos como zapatos y en último plano un pez enorme que ríe con labios de color turquesa. Entonces vino Ernesto a explicarme que la venta de las pinturas ayudaba a tirar adelante, por la mañana me mostraría trabajos en madera y piedra de los campesinos y también sus propias esculturas; nos íbamos quedando dormidos pero yo seguí todavía ojeando los cuadritos amontonados en un rincón, sacando las grandes barajas de tela con las vaquitas y las flores y esa madre con dos niños en las rodillas, uno de blanco y el otro de rojo, bajo un cielo tan lleno de estrellas que la única nube quedaba como humillada en un ángulo, apretándose contra la varilla del cuadro, saliéndose ya de la tela de puro miedo.

Al otro día era domingo y misa de once, la misa de Solentiname en la que los campesinos y Ernesto y los amigos de visita comentan juntos un capítulo del evangelio que ese día era el arresto de Jesús en el huerto, un tema que la gente de Solentiname trataba como si hablaran de ellos mismos, de la amenaza de que les cayeran en la noche o en pleno día, esa vida en permanente incertidumbre de las islas y de la tierra firme y de toda Nicaragua y no solamente de toda Nicaragua sino de casi toda América Latina, vida rodeada de miedo y de muerte, vida de Guatemala y vida de El Salvador, vida de la Argentina y de Bolivia, vida de Chile y de Santo Domingo, vida del Paraguay, vida de Brasil y de Colombia.

Ya después hubo que pensar en volverse y fue entonces que pensé de nuevo en los cuadros, fui a la sala de la comunidad y empecé a mirarlos a la luz delirante de mediodía, los colores más altos, los acrílicos o los óleos enfrentándose desde caballitos y girasoles y fiestas en los prados y palmares simétricos. Me acordé que tenía un rollo de color en la cámara y salí a la veranda con una brazada de cuadros; Sergio que llegaba me ayudó a tenerlos parados en la buena luz, y de uno en uno los fui fotografiando con cuidado, centrando de manera que cada cuadro ocupara enteramente el visor. Las casualidades son así: me quedaban tantas tomas como cuadros, ninguno se quedó afuera y cuando vino Ernesto a decirnos que la panga estaba lista le conté lo que había hecho y él se rió, ladrón de cuadros, contrabandista de imágenes. Sí, le dije, me los llevo todos, allá los proyectaré en mi pantalla y serán más grandes y más brillantes que éstos, jódete.

Volví a San José, estuve en La Habana y anduve por ahí haciendo cosas, de vuelta a París con un cansancio lleno de nostalgia, Claudine calladita esperándome en Orly, otra vez la vida de reloj pulsera y merci monsieur, bonjour madame, los comités, los cines, el vino tinto y Claudine, los cuartetos de Mozart y Claudine. Entre tanta cosa que los sapos maletas habían escupido sobre la cama y la alfombra, revistas, recortes, pañuelos y libros de poetas centroamericanos, los tubos de plástico gris con los rollos de películas, tanta cosa a lo largo de dos meses, la secuencia de la Escuela Lenin de La Habana, las calles de Trinidad, los perfiles del volcán Irazú y su cubeta de agua hirviente verde donde Samuel y yo y Sarita habíamos imaginado patos ya asados flotando entre gasas de humo azufrado. Claudine llevó los rollos a revelar, una tarde andando por el barrio latino me acordé y como tenía la boleta en el bolsillo los recogí y eran ocho, pensé enseguida en los cuadritos de Solentiname y cuando estuve en mi casa busqué en las cajas y fui mirando el primer diapositivo de cada serie, me acordaba que antes de fotografiar los cuadritos había estado sacando la misa de Ernesto, unos niños jugando entre las palmeras igualitos a las pinturas, niños y palmeras y vacas contra un fondo violentamente azul de cielo y de lago apenas un poco más verde, o a lo mejor al revés, ya no lo tenía claro. Puse en el cargador la caja de los niños y la misa, sabía que después empezaban las pinturas hasta el final del rollo.

Anochecía y yo estaba solo, Claudine vendría al salir del trabajo para escuchar música y quedarse conmigo; armé la pantalla y un ron con mucho hielo, el proyector con su cargador listo y su botón de telecomando; no hacía falta correr las cortinas, la noche servicial ya estaba ahí encendiendo las lámparas y el perfume del ron; era grato pensar que todo volvería a darse poco a poco, después de los cuadritos de Solentiname empezaría a pasar las cajas con las fotos cubanas, pero por qué los cuadritos primero, por qué la deformación profesional, el arte antes que la vida, y por qué no, le dijo el otro a éste en su eterno indesarmable diálogo fraterno y rencoroso, por qué no mirar primero las pinturas de Solentiname si también son la vida, si todo es lo mismo.

Pasaron las fotos de la misa, más bien malas por errores de exposición, los niños en cambio jugaban a plena luz y dientes tan blancos. Apretaba sin ganas el botón de cambio, me hubiera quedado tanto rato mirando cada foto pegajosa de recuerdo, pequeño mundo frágil de Solentiname rodeado de agua y de esbirros como estaba rodeado el muchacho que miré sin comprender, yo había apretado el botón y el muchacho estaba ahí en un segundo plano clarísimo, una cara ancha y lisa como llena de incrédula sorpresa mientras su cuerpo se vencía hacia adelante, el agujero nítido en mitad de la frente, la pistola del oficial marcando todavía la trayectoria de la bala, los otros a los lados con las metralletas, un fondo confuso de casas y de árboles.

Se piensa lo que se piensa, eso llega siempre antes que uno mismo y lo deja tan atrás; estúpidamente me dije que se habrían equivocado en la óptica, que me habían dado las fotos de otro cliente; pero entonces la misa, los niños jugando en el prado, entonces cómo. Tampoco mi mano obedecía cuando apretó el botón y fue un salitral interminable a mediodía con dos o tres cobertizos de chapas herrumbradas, gente amontonada a la izquierda mirando los cuerpos tendidos boca arriba, sus brazos abiertos contra un cielo desnudo y gris; había que fijarse mucho para distinguir en el fondo al grupo uniformado de espaldas y yéndose, el yip que esperaba en lo alto de una loma.

Sé que seguí; frente a eso que se resistía a toda cordura lo único posible era seguir apretando el botón, mirando la esquina de Corrientes y San Martín y el auto negro con los cuatro tipos apuntando a la vereda donde alguien corría con una camisa blanca y zapatillas, dos mujeres queriendo refugiarse detrás de un camión estacionado, alguien mirando de frente, una cara de incredulidad horrorizada, llevándose una mano al mentón como para tocarse y sentirse todavía vivo, y de golpe la pieza casi a oscuras, una sucia luz cayendo de la alta ventanilla enrejada, la mesa con la muchacha desnuda boca arriba y el pelo colgándole hasta el suelo, la sombra de espaldas metiéndole un cable entre las piernas abiertas, los dos tipos de frente hablando entre ellos, una corbata azul y un pull-over verde. Nunca supe si seguía apretando o no el botón, vi un claro de selva, una cabaña con techo de paja y árboles en primer plano, contra el tronco del más próximo un muchacho flaco mirando hacia la izquierda donde un grupo confuso, cinco o seis muy juntos le apuntaban con fusiles y pistolas; el muchacho de cara larga y un mechón cayéndole en la frente morena los miraba, una mano alzada a medias, la otra a lo mejor en el bolsillo del pantalón, era como si les estuviera diciendo algo sin apuro, casi displicentemente, y aunque la foto era borrosa yo sentí y supe y vi que el muchacho era Roque Dalton, y entonces sí apreté el botón como si con eso pudiera salvarlo de la infamia de esa muerte y alcancé a ver un auto que volaba en pedazos en pleno centro de una ciudad que podía ser Buenos Aires o São Paulo, seguí apretando y apretando entre ráfagas de caras ensangrentadas y pedazos de cuerpos y carreras de mujeres y de niños por una ladera boliviana o guatemalteca, de golpe la pantalla se llenó de mercurio y de nada y también de Claudine que entraba silenciosa volcando su sombra en la pantalla antes de inclinarse y besarme en el pelo y preguntar si eran lindas, si estaba contento de las fotos, si se las quería mostrar.

Corrí el cargador y volví a ponerlo en cero, uno no sabe cómo ni por qué hace las cosas cuando ha cruzado un límite que tampoco sabe. Sin mirarla, porque hubiera comprendido o simplemente tenido miedo de eso que debía ser mi cara, sin explicarle nada porque todo era un solo nudo desde la garganta hasta las uñas de los pies, me levanté y despacio la senté en mi sillón y algo debí decir de que iba a buscarle un trago y que mirara, que mirara ella mientras yo iba a buscarle un trago. En el baño creo que vomité, o solamente lloré y después vomité o no hice nada y solamente estuve sentado en el borde de la bañera dejando pasar el tiempo hasta que pude ir a la cocina y prepararle a Claudine su bebida preferida, llenársela de hielo y entonces sentir el silencio, darme cuenta de que Claudine no gritaba ni venía corriendo a preguntarme, el silencio nada más y por momentos el bolero azucarado que se filtraba desde el departamento de al lado. No sé cuánto tardé en recorrer lo que iba de la cocina al salón, ver la parte de atrás de la pantalla justo cuando ella llegaba al final y la pieza se llenaba con el reflejo del mercurio instantáneo y después la penumbra, Claudine apagando el proyector y echándose atrás en el sillón para tomar el vaso y sonreírme despacito, feliz y gata y tan contenta.

—Qué bonitas te salieron, esa del pescado que se ríe y la madre con los dos niños y las vaquitas en el campo; espera, y esa otra del bautismo en la iglesia, decime quién los pintó, no se ven las firmas.

Sentado en el suelo, sin mirarla, busqué mi vaso y lo bebí de un trago. No le iba a decir nada, qué le podía decir ahora, pero me acuerdo que pensé vagamente en preguntarle una idiotez, preguntarle si en algún momento no había visto una foto de Napoleón a caballo. Pero no se lo pregunté, claro.

Julio Cortázar

San José, La Habana, abril de 1976

 

Juan Carlos Onetti – La vida breve

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Esta es la cuarta novela de Onetti, publicada en 1950, y una de las once que ha dado a conocer en una ininterrumpida carrera que va de 1939 a 1973. Él mismo declara preferir ‘La vida breve’ sobre todas las demás: es “la de mayores pretensiones” y la que le ha rendido mayores derechos de autor.

Los personajes centrales son Juan María Brausen, publicista, pobre, fracasado; y el doctor Díaz Grey, médico, cuarentón, pobre, fracasado. Algo medular es que el doctor Díaz Grey es una invención, un producto de Brausen, a quien se le ha pedido escribir un argumento de cine ‘que interese a los idiotas y a los inteligentes, pero no a los demasiado inteligentes’. Brausen no se contenta con fabricar, como Dios, a Díaz Grey; fabrica también —papel y lápiz— el contorno en que éste se moverá: la célebre ciudad fluvial de Santa María. Onetti inserta una ficción dentro de otra ficción, desarrollando historias paralelas. Cada personaje inaugura un círculo narrativo, círculos encadenados por un común cordón umbilical. Alrededor de Brausen está su esposa Gertrudis, “gran animal blanco” al que han extirpado un pecho canceroso en una operación; está Raquel, hermana de Gertrudis, que se acostaba con Brausen (‘El misterio eleusino fundamental es aquel que plantea lo sucedido entre el asceta y su cuñada niña. En mis momentos de desánimo creo que moriremos sin resolverlo); está Julio Stein, compañero de trabajo de Brausen, que en determinado momento menciona, como un personaje de Buñuel, la educación jesuítica; está la Queca, prostituta que vive en un cuarto vecino al de Brausen en una casa de apartamentos de un Buenos Aires tristón y sin alicientes; por último, está el mismo Juan María Brausen bajo el nombre de Arce, identidad que se ha creado (artífice a fin de cuentas) para entrar en una relación sádico-alcohólica con la Queca. En cuanto a Díaz Grey, concentra a su alrededor a Elena Sala y a Horacio Lagos: ambos morfinómanos, el doctor les despacha recetas para conseguir la droga. Elena y Horacio forman una especie de triángulo con Óscar Owen, “El Inglés”; triángulo que, deshecho, se rehace con el propio médico.

[+ info]

Juan Rulfo

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, conocido como Juan Rulfo (Sayula, Jalisco, 16 de mayo de 1917 – Ciudad de México, 7 de enero de 1986), fue un escritor, guionista y fotógrafo mexicano, perteneciente a la generación del 52. La reputación de Rulfo se asienta en dos libros: El Llano en llamas, compuesto de diecisiete relatos y publicado en 1953, y la novela Pedro Páramo, publicada en 1955.

Juan Rulfo fue uno de los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX. En sus obras se presenta una combinación de realidad y fantasía cuya acción se desarrolla en escenarios mexicanos. Sus personajes representan y reflejan el tipismo del lugar con sus grandes problemáticas socio-culturales entretejidas con el mundo fantástico. La obra de Rulfo, y sobre todo Pedro Páramo, es el parteaguas de la literatura mexicana que marca el fin de la novela revolucionaria, lo que permitió las experimentaciones narrativas, como es el caso de la generación del medio siglo en México o los escritores pertenecientes al boom latinoamericano.

Huérfano de padre a los siete años, cuatro años después falleció su madre. En 1929, se trasladó a San Gabriel y vivió con su abuela y posteriormente en el orfanatorio Luis Silva —actualmente Instituto Luis Silva— en la ciudad de Guadalajara. En 1924 inició sus estudios de primaria. En 1933 intentó ingresar a la Universidad de Guadalajara, pero al estar en huelga, optó por trasladarse a la Ciudad de México. Asistió de oyente al Colegio de San Ildefonso. En 1934 comenzó a escribir sus trabajos literarios y a colaborar en la revista América.

A partir de 1938 viajó por algunas regiones del país en comisiones de servicio de la Secretaría de Gobernación y comenzó a publicar sus cuentos más relevantes en revistas literarias.

A partir de 1946 se dedicó también a la labor fotográfica, en la que realizó notables composiciones. Trabajó para la compañía Goodrich-Euzkadi de 1946 a 1952 como agente viajero. En 1947 se casó con Clara Angelina Aparicio Reyes, con quien tuvo cuatro hijos (Claudia Berenice, Juan Francisco, Juan Pablo y Juan Carlos). De 1954 a 1957 fue colaborador de la Comisión del Papaloapan y editor en el Instituto Nacional Indigenista en la Ciudad de México.

 

fuente: wikipedia