Marta Sanz – Entrevista

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¿Cómo fueron sus inicios políticos, como pensadora de izquierda y feminista?

No me considero una pensadora, tampoco una militante. Y lo digo para no desmerecer el trabajo de gente que se lo curra de verdad. Yo he sido siempre una compañera de viaje. Mis inicios políticos y mi concienciación social están estrechamente relacionados con mi padre. Él fue toda la vida militante comunista, desde la universidad; fue de los que se encerraron en la Facultad de Económicas cuando expedientaron a Aranguren y a Tierno Galván. En mi casa eso se ha mamado. Mis abuelos paternos también. Mi abuela fue del Socorro Rojo, y a mi abuelo le tocó luchar en el bando republicano.

Mi concienciación feminista viene bastante más tarde. Las mujeres que empezamos a escribir en la década de los 90 pensábamos que ya lo teníamos todo hecho. Creíamos que la lucha feminista ya no tenía sentido, que nuestros derechos eran muy parecidos a los de los hombres. Considerábamos que teníamos que escribir de una manera neutra, que es la manera masculina, que no nos significara como mujeres, y eso nos ha hecho mucho daño. Con el paso del tiempo, evidentemente, me he dado cuenta de que no tenemos los mismos derechos ni de broma, y para mí es una urgencia escribir desde mi clase, pero también desde mi género. Vivimos una ficción, una especie de fantasía de derechos conquistados que era irreal, que pasó en el ámbito del género, y que también ha pasado en el ámbito de la clase.

¿Cómo pueden tener las palabras comunista y feminista connotaciones tan negativas?

Justo el otro día estaba con Cristina Fallarás en un encuentro en la Biblioteca Eugenio Trías del Retiro y salió el mismo tema. Las palabras se rellenan de connotaciones en función de quien mande. Llevamos muchísimos años en los que el discurso dominante, la hegemonía, ha hecho una construcción arcangélica del capitalismo y se ha dedicado a demonizar sistemáticamente el comunismo, no solamente como socialismo real, sino como ideología. Y ha situado ahí el mal. Es algo que viene desde el poder y que se enfrenta a una construcción de la historia del capitalismo donde parece que no hubo derramamiento de sangre. Nos hacen creer que para llegar al Estado este que tenemos del bienestar (poniéndole todas las comillas del mundo a bienestar), no hay masacres, no hay muertos, no hay víctimas ni verdugos.

Y con el feminismo la gente ni siquiera sabe lo que es. Hay mujeres y hombres que oponen feminismo y machismo, considerándolo categorías equivalentes. El machismo es un estado cultural, pervertido, consecuencia de un dominio ejercido a lo largo de muchos siglos por el hombre hacia la mujer. Y el feminismo es un movimiento intelectual articulado precisamente para corregir todo ese estado de cosas.

[…]

En RNE me encontré a un rapero que tiene un programa de música. Le dije que de rap solo escuchaba a los Chicos del Maíz, y él me dijo que eso no es rap, que ellos hacen pura propaganda.

Eso tiene que ver con lo que hablábamos antes, con esa demonización. Hay una visión de la literatura y del arte donde parece que hay temas que no se pueden tocar porque van a ensuciar el texto. Cuando tú hablas de las zonas oscuras de la realidad, y lo haces con una intención de denuncia, parece que excede los límites del arte tradicional.

Cuando el arte y la literatura empiezan a dar vueltas y se enquistan en sí mismas, se convierten en una manera de ponerse unas gafas para no ver lo que pasa, para mantener la literatura al margen de la vida y de lo que pueda importar. Convertirla en un placebo.

Convertirla en puro entretenimiento.

Parece que los escritores que tenemos una postura más comprometida tenemos que ser unos ladrillos aburridísimos. Yo no tengo nada en contra de la literatura de entretenimiento. A mí me gusta y, en la medida de lo posible, trato de que mis libros no sean plomizos para el lector. El problema es cuando la literatura de entretenimiento se lo come todo, cuando toda la literatura tiene que serlo, o no ser. Ese es el gran problema. Paca Aguirre contaba una tarde en la Librería Alberti que para ella, de niña, en la época de la Guerra Civil, fue muy importante disponer de libros de fantasía que le permitieran evadirse de su realidad cotidiana. Hay veces que la literatura de evasión es necesaria desde un punto de vista social, y sirve para determinadas personas, y otras veces que la literatura comprometida, que algunos califican de mera propaganda, resulta que es literatura de urgencia y también sirve y no hay que demonizarla. Hay que analizar las cosas en su contexto. No podemos separar los textos de los contextos.

Entrevista completa en ctxt.es

 

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