La lengua viperina de la novela

Cuando el mundo acababa de nacer, surgieron las historias, y lo hicieron acompañadas por la seducción del chismorreo, las habladurías y los rumores. Lo esencial es que surgieron de relatos veraces. Al fin y al cabo, la parlanchina serpiente no mentía cuando le contó a Eva el secreto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Comed de él, le susurró, y “serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal”. Desde el Génesis no ha habido historia sin cotilleo, y qué poco razonable es que este tenga esa fama de dañino. Si Eva no hubiese escuchado a la serpiente, si se hubiese mantenido firme ante tan indemostrable proposición, ¡qué desolación! El Edén seguiría siendo lo que fue, una nulidad serena y tediosa, un lugar en el que no pasa nada: dos seres desnudos bostezando en su ociosidad, ignorantes de lo que su desnudez compartida podría dar a luz. Nada de Caín y Abel, y, en consecuencia, nada de novelas policíacas ni del suspense de Hitchcock. Nada de Tierra Prometida, y, por lo tanto, nada de jóvenes de provincias emprendiendo viajes esperanzados. Nada de José en Egipto, así que nada de angustiosas crónicas de trabajo y redención. Sin secretos desvelados -y tampoco rumores, reputación, malentendidos y extravíos-, nada de Chaucer, ni de Boccaccio, ni de Boswell, ni de Jane Austen, ni de Maupassant, ni de Proust, ni de Henry James. En el instante en que Eva tomó ese revelador bocado de comadreo serpentino, nació la literatura en sus múltiples formas.

[…]

El chismorreo es el proveedor habitual de secretos, el divulgador necesario de quién piensa esto y quién hace aquello, el portador de especulaciones y sospechas. A menudo, el chismoso es un prodigio de imaginación y, al igual que el novelista, un enemigo del hormiguero. Las hormigas, con su apego a la comunidad, corren de un lado a otro con total deliberación, desempeñando sus tareas con admirable responsabilidad, eficacia y precisión. Todo en su bien estructurado sistema de gobierno -cada gesto, cada sendero- es abierto y predecible. Pueden morir a centenares (pisa un hormiguero y precipitarás un Vesuvio), que las supervivientes seguirán adelante según lo prescrito y sin duelo. Y qué maldición para las criaturas no conocer la pena, o el remordimiento, o el significado de la muerte. Qué maldición no tener memoria, o asombro, o curiosidad. No ir nunca de un lado a otro como un chismoso, no sentir nunca envidia, nunca ser seducido, no estar nunca equivocado ni ser culpable, ni avergonzarse. Estar destinado a vivir sin habladurías es verse privado del arriesgado precio de haber nacido humano.

En el fondo, el chismorreo es auténticamente metafísico, prometeico, arrogante. O, por decirlo de otro modo: optar por vivir sin el chismorreo es desdeñar la narración. Y desdeñar la narración es, no hay duda, unirse al hormiguero, donde no hay secretos que husmear.

[…]

Bajo la influencia de la lengua viperina, antes y después, diez mil relatos y novelas han penetrado en nuestro mundo siempre al acecho del pecado. Proliferan en sus múltiples lenguas, procedentes de continentes frondosos o áridos, de historias furibundas y de agitadas convicciones morales. Son obra de alcahuetes, chismosos y soplones; de ironistas y bribones; de bromistas y dolientes; y, sin excepción, de los que se dedican febrilmente a levantar falsos testimonios. Sin embargo, hasta los proverbios de Salomón, ese antiguo pozo de cautela, en una de sus aparentemente admonitorias homilías, revelan -sin pretenderlo- una feroz intuición de la fuerza devastadora que siempre tendrá la narración de historias: “Las palabras de un chismoso son como deliciosos bocados: penetran hasta las partes más íntimas del hombre”. ¡Las partes más íntimas del hombre! ¡Las partes más íntimas de la mujer! Se interprete como se interprete, todo se reduce al órgano tímido y vulnerable que la humanidad un día osó llamar (insolente, subversivamente) Alma, donde el rumor ansía poner el pie. Sin chismorreo no hay interioridad. Sin interioridad, solo queda el hormiguero.

CYNTHIA OZICK. elcultural.es  29/01/2016

 

Ejercicios.

(Intenta hacerlos en no más de una hora)

1.Haga un resumen del texto propuesto.

2.¿Está usted de acuerdo con la siguiente afirmación  “El chismorreo es el proveedor habitual de secretos, el divulgador necesario de quién piensa esto y quién hace aquello, el portador de especulaciones y sospechas. A menudo, el chismoso es un prodigio de imaginación y, al igual que el novelista, un enemigo del hormiguero.”? Argumente su respuesta.

3.Explique qué tipo de texto es el que se ha propuesto y sus características.

4.Analiza la siguiente oración:

Adelgazar sin esfuerzo es un deseo tan ardiente en la sociedad occidental que el autor asciende a la categoría de ídolo.

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