¡Ay, Carmela!

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La compañías de teatro independiente

Urtain

¿Qué he hecho yo para que todo lo que hago sea tan sucio?

Sólo quiero la foto de Franco y el teléfono de Pedro.

Quien da todo lo que tiene, no está obligado a dar más.

Nuestra familia es familia de fuertes, llevamos la fuerza en la sangre.

Al final de la vida me he dado cuenta, hijo, de que todo es engaño.

Tú eres un hombre y un hombre no llora nunca.

Urtain fue España. España acabó con Urtain. Se suicidó.

La idea de Juan Cavestany viene de la posibilidad de hablar de una época de España salida del franquismo hasta el final de su famosa transición marcada por las Olimpiadas de Barcelona 92.

Y por otro lado:

La historia de un hombre pequeño, peleándose de verdad con el mundo, intentando saber quién es, intentando descubrir: «¿Qué he hecho yo para que todo lo que hago sea tan sucio?», como él mismo decía.

La metáfora del boxeador y la lucha por la vida es recurrente, pero en nuestro caso, nuestra España, fue real.

Urtain fue utilizado como símbolo, como marca. La del toro, la del coñac, la España con dos cojones, la España de raza que tanto gustaba a Franco. ¡Y encima era vasco!

Necesitábamos un símbolo que saliera de la pobreza y el catetismo a base de hostias… ¡y lo encontramos!

Los políticos y la prensa se ocuparon de auparlo y cuando estaba en lo más alto del trapecio lo dejaron solo y sin red. Finales de los setenta, la transición. Cada cual arrima el ascua a su sardina.

Urtain ya no interesa. El alcohol, el olvido y la falta de recursos se ocupan del resto. Es paradójico que, mientras el deporte español triunfa en las Olimpiadas de Barcelona 92, Urtain se suicida.

Siempre he pensado que todo el deporte, la competición, tiene algo de fascista, y en el caso de Urtain su «raza» tampoco le aseguró la pensión.

ANDRÉS LIMA

Juan Mayorga

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[…]El verdadero arte está hecho de valor, decir la verdad aunque duela. No hay oficio más cruel que el del escritor, porque se expone, se desnuda y desnuda. Esa valentía, la de mirar algo de lo que los demás apartan la mirada, es el núcleo del talento mismo. […]

[…]Hace poco, un espectáculo en el teatro Guindalera en torno a Emily Dickinson me ha hecho recordar su confesión de que reconocía la auténtica poesía en dos notas: por un lado, le cubría de frío la piel; por otro, sentía que le reventaba la cabeza. Lo que me lleva a aquella imagen de Kafka según la cual un libro debería ser como un hacha que rompiese el mar de hielo de nuestro corazón. Del verdadero arte no deberíamos salir más seguros, no deberíamos salir confirmados; el verdadero arte debería crearnos problemas. En este sentido, volviendo a Benjamin, él decía que las citas, en lugar de reforzar una convicción como suelen, deben asaltar al lector igual que asalta el ladrón en el bosque al confiado caminante. Eso creo que debería hacer el arte, asaltar al espectador y ponerlo en una situación de peligro, no reforzar sus convicciones.[…]

Fuente: (jotdown.es)